Léxico precario
martes, 8 de febreiro do 2005, por fuckart.

Léxico europeo provisional de libre copia, modificación y distribución para malabaristas de la vida por Algunas Precarias a la Deriva.
www.sindominio.net/ctrl-i

Precarización de la existencia
Para superar las dicotomías público/privado y producción/reproducción, y reconocer y dar visibilidad a las interconexiones entre lo social y lo económico que hacen imposible pensar la precariedad desde un punto de vista exclusivamente laboral y salarial, definimos la precariedad como el conjunto de condiciones materiales y simbólicas que determinan una incertidumbre vital con respecto al acceso sostenido a los recursos esenciales para el pleno desarrollo de la vida de un sujeto1. No obstante, en el contexto actual, no es posible hablar de la precariedad como un estado diferenciado (y, por lo tanto, distinguir nítidamente un sector de la población precario y otro garantizado), sino que más bien cabe detectar una tendencia a la precarización de la vida que afecta a la sociedad en su conjunto como amenaza (cuídate de portarte bien porque no está el horno para bollos...).

En el día a día, la precariedad es sinónimo de unas realidades laborales y vitales cada vez más desestructuradas: espacios fragmentados, tiempos hiperintensificados y saturados, imposibilidad de hacer proyectos a medio/largo plazo, inconsistencia de los compromisos de cualquier índole y vulnerabilidad de unos cuerpos sometidos al estresante ritmo del reloj precario. Unos cuerpos debilitados por la inversión de la relación de fuerzas (ahora tan del lado del capital), por las dificultades para trabar lazos de solidaridad y de apoyo mutuo, por los obstáculos a la hora de organizar conflictos en las nuevas geografías de la movilidad y de las mutaciones constantes donde lo único permanente es... el cambio.

Estas nuevas y metamórficas formas de vida pueden dejarse apresar por los discursos y tecnologías del miedo y de la inseguridad que el poder despliega como dispositivos de control y de sumisión, o bien, y ésta es la apuesta, concebir nuevos cuerpos, individuales y colectivos, dispuestos a edificar las estructuras organizativas de una nueva lógica del cuidado que, frente a las prioridades del beneficio, ponga en el centro las necesidades y deseos de las personas, la recuperación del tiempo de vida y de todas sus potencialidades creativas.

Sociedad-red
El contexto social en el que vivimos en la actualidad es la sociedad-red. La fábrica se ha desbordado y ha invadido lo social, convirtiéndolo en el principal resorte de la producción. La oleada de luchas de las décadas de 1960 y 1970, por un lado, y la saturación de los mercados, así como los fuertes niveles de competencia que introdujo el proceso de globalización, por otro, obligaron a las empresas a desarrollar técnicas y tecnologías para hacerse más móviles y flexibles y, también, más resistentes a la conflictividad y a la crisis: su supervivencia dependía, por un lado, de su capacidad para detectar (y aprovechar) las condiciones político-institucionales y sociales y de oferta de materias primas, software, maquinaria y fuerza de trabajo más óptimas; por otro, de su habilidad para responder en tiempos muy breves a las oscilaciones de la demanda, así como para crear (con una compleja combinación de identificación de necesidades/deseos/formas de vida y producción de signos) la demanda de un producto incluso antes de fabricarlo. La clave estaba entonces en la multiplicación de los contactos y en una organización flexible y en red que permitiese una fluidificación máxima de la circulación de las informaciones sobre los mercados locales e internacionales y una respuesta productiva inmediata a estas informaciones. De este modo, la externalización, la deslocalización y la flexibilización se convirtieron en las consignas y el trabajo comunicativo y relacional se hizo el pivote esencial, el interfaz activo, de esta producción cada vez más en red.

La paradoja de estas transformaciones reside, sin embargo, en que estas capacidades relacionales y comunicativas que están en el centro de la economía actual no pertenecen nunca a un trabajador aislado, sino que están inscritas (se forman y se recrean) en el tejido social concreto del que cada trabajador forma parte. Por otro lado, dentro de este contexto en red, también el consumidor/espectador/ciudadano trabaja cuando escoge un producto en lugar de otro, un programa en lugar de otro, un candidato en lugar de otro. Y las comunidades subalternas trabajan cuando inventan un nuevo modo de llevar los pantalones (aunque sea por falta de pasta) que luego un cazador de tendencias venderá a una multinacional de la moda. Sin embargo, el chantaje radica precisamente en que, aunque lo que se pone a trabajar es común, la retribución sigue siendo individual y, en el fondo, profundamente arbitraria.

Fronteras
La precarización nos afecta a todos, y sin embargo, está atravesada por ejes de estratificación. Ejes que tienen que ver con el género, la etnia o la edad, pero también con otras cosas. En primer lugar, con los recursos monetarios (patrimonio) y cognitivos (formación) con los que contamos. En segundo lugar, con las redes de contactos y de apoyo de las que participamos, para hacer frente a las imprevisibilidades, para aplacar la incertidumbre. En tercer lugar, con la capacidad de movilidad: al igual que las empresas, cuanto más móviles seamos, más posibilidades tendremos de aprovechar las ventajas comparativas cambiantes de una u otra posición -pero ¡ay de nosotros, si por condición física y/o psíquica, personas dependientes a nuestro cargo, falta de recursos materiales y/o cognitivos o arraigo no sabemos movernos cuando es preciso como un relámpago! Por último, el grado de precarización tiene que ver con nuestro lugar de origen y nuestra situación legal: quienes han venido a Europa desde el Este y el Sur del mundo en busca de una vida mejor, fugándose de situaciones de explotación y/o opresión, no sólo tienen que cruzar fronteras físicas cada vez más militarizadas, sino también atravesar una verdadera carrera de obstáculos legales (desde el estatus de sin papeles, es decir, sin derechos, hasta la plena nacionalidad) impuesta por las políticas europeas de control de la inmigración.

Estas fronteras se encuentran entre las principales enemigas de cualquier lucha contra la precarización de la existencia, porque generan verdaderos apartheids laborales y sociales que cercenan y precarizan el lazo social y lo impregnan de miedo al otro. Crear espacios de mestizaje, de alianza entre precarios con y sin papeles, de aquí y de allá, es desafiar estas fronteras, sustraerse a su mandato, producir lo común. La jornada europea del 2 de abril de este año por la libertad de movimiento y el derecho de residencia es un ejemplo en este sentido: véase www.globalproject.info

Tipologías de la precariedad
Desde que la precariedad se convirtió en una palabra clave para explicar nuestra existencia en la posmodernidad y las tensiones que la atravesaban, empezaron también a surgir tipologías que intentaban establecer algún tipo de coherencia dentro de la galaxia de figuras laborales atípicas en condiciones precarias. Una de ellas, tal vez la más oída, es la que enunciaron los chainworkers milaneses (www.chainworkers.org) y, más recientemente, la red italiana pre-cog -bajo su perspectiva, existirían tres figuras clave dentro de la precariedad: por un lado, los chainworkers (o propiamente precarios), es decir, todos los trabajadores atípicos contratados en los servicios y en las cadenas fordistas del terciario comercial privado y público, así como en la producción material flexible, que viven condiciones de chantajeabilidad continua impuesta por la incertidumbre ante la renovación del contrato de trabajo; por otro, los brainworkers o cognitarios, es decir, todos aquellos que, con salarios ínfimos y horarios de trabajo cada vez más largos, prestan sus saberes y conocimientos en las empresas del trabajo inmaterial (programación, producción semiótica, actividades relacionales, logística, etc.); por último, los migrantes, esto es, sujetos a los que las políticas de extranjería europeas abocan a relaciones laborales totalmente desreguladas, con frecuencia ilegales, con gran probabilidad informales, y que constituyen, por lo tanto, la figura extrema de la precariedad.

Esta tipología tiene varios problemas: en primer lugar, le falta coherencia, porque los migrantes ¿no trabajan a menudo como chainworkers, en los servicios de limpieza públicos y privados, en las grandes cadenas de comida rápida, en los talleres y fábricas de producción material flexible?, ¿no los podemos encontrar también, aunque con menor frecuencia, en empresas de informática? Y luego ¿no sucede a menudo que quien trabaja en el McDonald’s luego dedica sus ratos libres a componer música o a estudiar? Y, entonces, ¿es chainworker o brainworker? Por otro lado, ¿dónde meteríamos a los teleoperadores, con frecuencia inmigrantes, cuyo trabajo es repetitivo y sin embargo tiene un alto contenido relacional y comunicativo? ¿Son chainworkers o brainworkers o migrantes o todo y nada a la vez? En segundo lugar, esta clasificación es totalmente ciega (en el sentido más literal del término) a todas aquellas actividades que se desarrollan, como dirían algunas feministas, «en el modo corporal»: trabajo doméstico, trabajo de cuidados, trabajo sexual, trabajo relacional y de atención... y que se insertan dentro de lo que podríamos denominar el continuo comunicativo sexo-atención-cuidados. Es decir, es ciega a todo el conjunto de trabajos tradicionalmente asignados a las mujeres, marcados por la invisibilidad y/o estigmatización, los bajos salarios y una fuerte componente afectiva que los hace centrales en la creación de lazo social.

En general, dentro del terreno laboral, resultan más útiles las tipologías que intentan pensar desde el punto de vista de las expresiones de malestar y rebeldía en las distintas posiciones. Así, podemos ver que, en los puestos de trabajo de contenido repetitivo (desde el telemarketing a la limpieza y a los talleres textiles), la implicación subjetiva con la tarea que se desempeña es igual a cero y eso lleva a formas de conflicto de puro rechazo: absentismo generalizado, pasotismo, sabotaje... En el telemarketing, por ejemplo, el absentismo es el problema número uno de los departamentos de recursos humanos, que se devanan los sesos en busca de estrategias para frenarlo: desde la deslocalización a antiguas colonias de la empresa madre (Marruecos y Argentina en el caso de empresas españolas) hasta la contratación de sujetos más chantajeables (mujeres cabeza de familia entre los 40 y 50 años) o el intento de fidelizar a la fuerza de trabajo convirtiendo el telemarketing en una de las ramas de la formación profesional. Por otro lado, en los trabajos donde el contenido es de tipo vocacional/profesional (desde la enfermería a la informática, desde el trabajo social a la investigación) y, por lo tanto, la implicación subjetiva con la tarea que se desempeña es fuerte, el conflicto se expresa como crítica: a la organización del trabajo, a la lógica que lo articula, a los fines que lo estructuran... Esto se puede ver muy claro en las movilizaciones de enfermeras en la década de los ’90 en Francia, en la actual lucha de los intermitentes del espectáculo también en Francia o en el software libre impulsado por programadores de todo el mundo frente a la lógica propietaria del software de las grandes corporaciones. Por último, en aquellos trabajos donde el contenido está directamente invisibilizado y/o estigmatizado (los ejemplos más paradigmáticos son el trabajo de limpieza y cuidados en el seno del hogar y el trabajo sexual, en especial la prostitución directa de calle, aunque no sólo), el conflicto se manifiesta como exigencia de dignidad y de reconocimiento del valor social de lo que se hace. «Follar, follar, es un servicio a la comunidad», cantan las putas de la calle Montera en sus manifestaciones contra el constante acoso policial y los planes criminalizadores del alcalde de la ciudad de Madrid.

Sin embargo, una y otra tipología comparten un mismo problema: al colocar el punto de mira exclusivamente en el terreno laboral, vuelven nuestra mirada miope a las conflictividades micro y macro que se dan desde y contra la precarización de la existencia en el tránsito entre trabajo y no trabajo, generando cortocircuitos en el intrincado sistema de conexiones de la sociedad-red.

Mayday
El primero de Mayo ha sido desde 1886 el día internacional (salvo en EEUU) de conmemoración de los «Mártires de Chicago» (líderes obreros condenados a la horca en el contexto de las huelgas generales por la jornada de ocho horas en EEUU) y de expresión de las reivindicaciones y luchas de ese gran sujeto histórico y fuertemente identitario, el proletariado, inexorablemente unido a un periodo del capitalismo, el capitalismo industrial, a unos modos de organización, las grandes huelgas y los sindicatos de masas, y a unos lugares de movilización, las fábricas. Pero a medida que el capitalismo ha ido mudando sus formas de explotación para esquivar los conflictos obreros y reapropiarse de sus demandas, pasando del capitalismo industrial al fordismo y, de éste, al modo de producción posfordista actual, esta fecha ha ido perdiendo sentido hasta verse convertida en un día festivo (para algunos) y completamente vacío de contenido para casi todos.

Porque hoy aquel sujeto antagonista monolítico ha sido sustituido por una multiplicidad difusa de singularidades que algunos se atreven a llamar precariado. En el año 2001, un colectivo milanés de precarios de las grandes cadenas del sector servicios, los chainworkers, convocó para el 1 de mayo lo que bautizaron como Mayday Parade. Sus protagonistas fueron las trabajadoras atípicas, remuneradas y no remuneradas, con y sin papeles: esas profesionales de las fugas geográficas y vitales, fijas de la temporalidad, expertas de las metamorfosis que, vinculadas por la multiplicidad, buscamos, en los difíciles tiempos de la precarización existencial, festejar y visibilizar nuestras luchas y sueños. La iniciativa prendió y se repitió año tras año, cada vez más numerosa, cada vez más expresiva. Tres años más tarde, se convocaría también en la ciudad de Barcelona y este año se prevén Mayday’s nada menos que en 16 ciudades europeas (véase www.euromayday.org).

La Mayday Parade constituye un medio de visibilización de las nuevas formas de rebeldía, un momento de encuentro para los movimientos y prácticas de las formas de politización autoorganizadas (centros sociales, sindicatos de base, colectivos de inmigrantes, feministas, ecologistas, hackers, ...), un espacio de expresión de sus formas de comunicación (la parade como expresión de orgullo heredada de los movimientos de liberación sexual, pero también toda la artillería mediactivista desarrollada en torno a movimiento global contra las cumbres de los poderosos del mundo) y un grito colectivo por los derechos perdidos (vivienda, salud, educación...) o nuevos (dinero gratis, ciudadanía universal, ...) que día a día y de forma situada intentamos arrancar y construir desde abajo.

Biosindicalismo
El biosindicalismo no tiene nada que ver con el bifidus. Más bien intenta nombrar una serie de experimentaciones prácticas y cotidianas recientes que se están dando en el terreno de la precariedad, de manera provisional, provocadora, extremadamente pragmática. Biosindicalismo es una contracción de vida y sindicalismo, donde la vida arrastra hacia sí esa tradición de lucha que ha sido el sindicalismo y la despoja de sus elementos más corporativos y economicistas. Pero: ¿por qué meter la vida de por medio? 1) Porque la vida es productiva. No somos de las que decimos que «la vida se ha puesto a producir». Siempre produjo: cooperación, territorios afectivos, mundos... pero ahora produce también beneficio. La axiomática capitalista la ha subsumido. 2) Porque la precariedad no se puede entender sólo desde lo laboral, desde las condiciones de trabajo concretas de tal o cual individuo. Resulta mucho más rico y esclarecedor entenderla como tendencia generalizada a la precarización de la vida que afecta a la sociedad en su conjunto. Y 3) porque lo laboral ha dejado de ser un lugar organizador de la identidad (individual y colectiva), un lugar de encuentro y agregación espontánea y un lugar que nutra la utopía de un mundo mejor. ¿Los motivos? La derrota del movimiento obrero y el proceso de reestructuración capitalista del que vino acompañada, así como el empuje del deseo de singularidad (del movimiento feminista, el movimiento negro, los movimientos anticoloniales y otros movimientos ligados al espíritu del ’68), que hizo estallar el movimiento obrero desde dentro.

Pero, ojo, esto no significa que lo laboral ya no pueda ser un lugar (entre otros) del conflicto, ni que las enseñanzas del movimiento obrero no nos sean de utilidad. Significa únicamente que la batalla desde y contra la precarización no puede restringirse a lo laboral. Significa que es preciso inventar formas de alianza, de organización y de lucha cotidiana en el tránsito entre trabajo y no trabajo, que es el tránsito que nosotras habitamos.

Derechos de cuidadanía
El 8 de mayo de 2004, en el barrio del Pumarejo, en Sevilla, se inauguró un centro vecinal en una casa por rehabilitar y, para dejar memoria del evento, se colgó una placa conmemorativa. En la placa se podía leer: «el día 8 de Mayo quedó inaugurado este centro vecinal teniendo el poderío las vecinas y vecinos del barrio de Pumarejo para uso y disfrute de la cuidadanía». Por azar o por lapsus, la «u» y la «i» se habían intercambiado el puesto, lanzando a los transeúntes un guiño paradójico que pronto se convertiría en lema. Frente al lazo abstracto (y mistificador) que une a la cIUdadanía como conjunto de población ligado a un territorio y a un Estado, la cUIdadanía se nos aparecía de golpe como vínculo concreto y situado que se crea entre las singularidades a través del cuidado común (y de lo común).

Así, desde la experiencia de fragilidad y aislamiento que produce el proceso de precarización generalizada, los derechos que queremos arrancar son derechos de cuidadanía: derecho a recursos, espacios y tiempos que permitan poner el cuidado en el centro y, con él, la posibilidad de construir lo común en un momento en el que lo común está hecho pedazos. Pero, ojo, si hablamos de cuidado no es como tarea exclusiva de las mujeres hacia otros, sino como un modo ecológico de hacerse cargo de los cuerpos que rompe con la lógica securitaria y se sustrae a la lógica de la acumulación. Cuidado como pasaje al otro y al muchos, como puente entre lo personal y lo colectivo. Cuidado como arma fundamental contra la precarización de nuestras vidas.

Flexsecurity
«Dinero gratis»
«Más dinero, menos horas»
«La inseguridad vencerá»
«35 horas, ¡uy, qué fatiga!»

Éstos son los alegres gritos de guerra de quienes conocen la línea de continuidad entre el trabajo y el no trabajo, entre lo público y lo privado, entre la producción y la reproducción: de quienes saben que su vida es todo el rato productiva. Piratas del tiempo, han preferido no salvarse en el bote de las seguridades vacías de sentido y hacerse a la mar de las incertidumbres. Marineras del viaje interminable, han elegido navegar las marejadas de los presentes intensos, las mareas del deseo de aprender, de cambiar, de experimentar. Pero, aunque curtidos y curtidas en las transformaciones, son navegantes vulnerables en las constancias de la tierra firme: en los proyectos a largo plazo, en las necesidades o deseos de arraigar en una iniciativa vital, laboral o política. Porque, si bien su incertidumbre es, en cierto modo, elegida, también está, al mismo tiempo, heterodeterminada. Y es que, en la actualidad, la flexibilidad es cada vez más algo de lo que se beneficia el capital y no quienes intentan equilibrarse sobre la cuerda floja.

De ahí la necesidad de dar un giro a esta situación en el sentido de exigir seguridades y derechos en el seno de la flexibilidad. Se trataría de pedir y construir flexeguridad, como apuesta hacia una suerte de nuevo estado de bienestar de la intermitencia. Los dispositivos y demandas son múltiples: asegurar el acceso al conocimiento generado por todas, a la vivienda, a la movilidad real (mediante la gratuidad de los transportes y la abolición de las regulaciones de extranjería), a la salud y a los cuidados; generar una renta básica universal que termine con el trastorno económico bipolar de las trabajadoras temporales, una regularidad en sus ingresos que les dote de fuerza negociadora a la hora de acceder a un trabajo remunerado o de negarse a aceptar determinadas condiciones laborales y que les permita organizar redes de resistencia fuertes en los tiempos de no trabajo; estudiar la creación de nuevos derechos laborales que se respondan a las nuevas realidades de los trabajadores temporales y estén enacaminados a evitar las nuevas formas de abuso debidas a esta condición y a reconocer las sabidurías y destrezas adquiridas a lo largo y ancho de estas trayectorias laborales y vitales enriquecidas por la movilidad (cambios de actividad, de país, formación continua).

Copyleft
Copyleftes un movimiento que, partiendo de la certeza de que los bienes englobados en el concepto de «propiedad intelectual» (un libro, un programa informático, una melodía...), son patrimonio de todas las personas (pues se nutren de magmas colectivos) y de que, a diferencia de los bienes materiales, ni se deterioran, ni se agotan con su uso, ni, por ende, están sometidos al principio de escasez (sino que, por el contrario, crecen y se enriquecen al compartirlos), trataría de fomentar la difusión de esta idea como base de proyectos de cooperación sin mando del trabajo vivo y de promover implementaciones legales para hacerla efectiva (creación de licencias que aseguren la libre circulación de los bienes inmateriales).

Copyleft es, también, un eje de articulación fundamental para una política desde abajo a la altura de nuestros tiempos. Unos tiempos atravesados por encrucijadas tales como la superación de la sociedad del trabajo en las formas prescritas por el sistema social basado en el trabajo asalariado, el saber convertido en la principal fuerza productiva cuando el tiempo de trabajo se mantiene como unidad de medida en vigor o unas leyes de propiedad del siglo XVIII aplicadas ahora a los bienes inmateriales (pilares de nuestra economía global) cuyas cualidades son completamente distintas a las de los productos tangibles.

Pero ¿qué relación tiene todo esto con la precariedad? Pues que, entre las vías de desprecarización posibles, está la de asegurarnos que los frutos de la inteligencia colectiva (desde el desarrollo de software a las producciones audiovisuales, pasando por todo tipo de creaciones literarias, musicales) sean de uso y disfrute de todos, porque nacen de lo común y nutren lo común, porque serán el caldo del cultivo del que beban futuras creaciones inmateriales. Si la tierra fue algún día un bien común del que algunos pocos consiguieron apropiarse, ha llegado el momento de impedir que las tierras comunales del conocimiento sean también cercadas, la hora de la libertad de acceder, distribuir, modificar, enriquecer lo que es de todos.

Instinto precario
Facultad de sostenerse en la cuerda floja
Inclinación a la supervivencia creativa
Corazonada iluminadora de los inciertos caminos de la precariedad
Intuición alegre y transformadora de los tiempos de no-trabajo en transitorias eternidades de puesta en práctica de nuevas formas de relación
Naturaleza cyborg que coopera por el propio placer de cooperar.
Olfato que busca nombres comunes a nuestras realidades fragmentadas.
Empuje hacia las multiplicidades.
Inteligencia de las alianzas fuertes.
Resorte de éxodo.
Propensión a tejer redes generadoras de comunidad.
Impulso de liberación del trabajo alienado.
Reflejo de viaje transfronterizo a través de las geografías de la tierra, de la mente y de los cuerpos.

Texto extraido de http://barcelona.indymedia.org

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