Es curiosa la visión en las realidades publicitarias que nos muestra John Carpenter en su película Están vivos de 1988. En ella el director desnuda las imágenes de los anuncios mostrando sólo el mensaje de los mismos, sin interferencias: fondo blanco y la tipografía en negro de un mensaje. Muestra esa otra realidad que sólo es visible a través de gafas especiales de una sociedad que se resiste al asedio de un mundo invasor que nos manipula. En nuestra cotidianidad convivimos con todo este tipo de eslóganes publicitarios y filtramos inconscientemente la información de la misma manera que propone Carpenter en su película.

Paul Virilio en su libro La bomba informática comenta que “el siglo XX no ha sido como se ha pretendido, el de la imagen sino, más bien, el de la óptica y, sobre todo el de la ilusión óptica”.

Se habla de la realidad aumentada como una especie de realidad superpuesta que en este caso podría ofrecernos mayor información de la que vemos a simple vista. William J. Mitchell comenta en su libro E-topía la posibilidad de incorporar ciertos dispositivos “en las piezas oculares de las gafas de realidad virtual, lo que sobreimpresiona gráficos de ordenador sobre la escena circundante, de manera que da la impresión de que los objetos virtuales en tres dimensiones se mezclan con los físicos para generar un nuevo tipo de arquitectura híbrida” (p-47). Digamos que si de esta manera el espacio físico y su homólogo electrónico se fusionan en esta superposición de planos, las calles por ejemplo, podrían adquirir un valor semántico extra que podría ser programado; se convertirían en hardware por así decirlo. Uno de los resultados sería el constante fluido de información a la que podríamos acceder por medio de dispositivos ubicados en edificios emblemáticos que nos permitiesen conectarnos a una base de datos por medio electrónicos. (Un simple código de barras ubicado en un monumento que sea capaz de ser leído por un teléfono móvil ofrecería ya cantidad de datos sobre dicho lugar). ¿Vivimos ya en una realidad aumentadísima?. En una realidad amortizada para muchos.

“La moderna cultura de masas -una civilización de prótesis-, pensada para el consumidor mutila las almas, cierra al hombre cada vez más el camino hacía las cuestiones fundamentales de su existencia, hacía el tomar conciencia de su propia identidad como ser espiritual. Pero el artista no puede, no debe permanecer sordo ante la llamada de la verdad, que es lo único capaz de determinar y disciplinar su voluntad creadora. Sólo así obtiene la capacidad de transmitir su fe también a otros. Un artista sin esa fe es como un pintor que hubiera nacido ciego”. Andrei Tarkovski. (1)

Nosotros formamos parte de las primeras generaciones de cobayas electrónicas. Hemos crecido a medida que todos los aparatos se han ido estropeando hasta convertirse en reliquias, hemos visto desde nuestra infancia como esos aparatos han sido reemplazados por otros nuevos de una forma exponencial a medida que la industria los fabricaba y el mundo se maravillaba de su propia capacidad creativa avanzando hacia un producto más controlado por el consumidor. Al otro lado del aparato telefónico es el capitalismo el que nos susurra medias verdades y me pregunto cuando se derrumbarán todas esas compañías telefónicas que agonizan entre ingeniosas campañas publicitarias. Las novedades que surte el mercado las rentabilizan a cuentagotas: que si primero un mega, después dos, tres, cuatro, ...etc. Nos dosifican. La tecnología es la amplificación del espectáculo, simula nuestra pertenencia a una burguesía de apariencias, sumisa a la hipótesis mercantilista de que nuestras necesidades corresponden con lo que se nos ofrece. Y Guy Debord dijo: “En todas partes se plantea la misma terrible pregunta, que desde hace dos siglos avergüenza al mundo entero: ¿Cómo hacer trabajar a los pobres allí dónde se ha desvanecido toda ilusión y ha desaparecido toda fuerza?”.

Digamos que nuestra forma de aprendizaje, de procesar información fue distinta a la de nuestros abuelos y que va a ser totalmente distinta para las nuevas generaciones (que quizás dejen de mantener el estatus de cobayas electrónicas con su integración y participación en las redes sociales). Ahí estamos.

La tecnología que nos venden en los grandes almacenes dosifica su mercancía en pequeños lotes para sacar máximo rendimiento económico de sus descubrimientos, oculta el rodamiento, no enseña, no nos educa. Se crea una distancia entre nosotros y las herramientas que manejamos.

La educación es comunicación, la comunicación del siglo XXI se produce, se comparte y se distribuye, cada vez más, a través de medios digitalizados. La digitalización ha permitido el abaratamiento del transporte de la información. Para algunos el medio es perfecto. Éstos normalmente se han olvidado del contenido, del mensaje, del conocimiento. [...] Y ahora que parece que la tecnología es piedra de toque en ambientes culturales y educativos, no está de más recordar su importancia, porque los medios no liberan, son medios. Porque la tecnología no es neutral ni debe serlo”. Creación e inteligencia colectiva. Pedro Jiménez. (2)

Nos hemos visto leyendo manuales de instrucciones en más de una ocasión como manuales de supervivencia. Nos hemos sentido estropeados. Las nuevas tecnologías han propiciado un campo magnético que enloquece al tiempo moderno, que atrapa al consumidor en la necesidad de renovar sus cacharros continuamente.

Hemos convivido con cambios tecnológicos que han marcado profundamente las épocas en las que aparecen. A medida que hemos convertido su uso continuado en un acto doméstico nuestra forma de interpretar e interactuar con el medio que nos rodea genera una distancia sin retorno con el pasado. Da la extraña sensación de que estos recorridos se acortan hasta el punto de que tiende a desaparecer el destino antes de nuestra llegada. Ha habido tantos cambios a nuestro alrededor como aparatos se han averiado en el transcurso de nuestra vida, incluso a veces asumimos el rol de estropearnos humanizando la avería ajena. Los consumidores hemos sido testigos directos de los avances tecnológicos hasta el punto de convertirnos en cobayas de nuestra propia experimentación electrónica y nuestra cultura hoy es un efecto colateral de esta relación basada en la interdependencia.

Internet en su apartado de ferretería social nos ha aportado múltiples herramientas de participación y de reorganización individual para trabajar colectivamente. El mercado y la mercancía se han convertido en el campo magnético que enloquece al tiempo moderno, que lo individualiza (aquella conversación imposible de tres adolescentes con su mp3 a toda pastilla) que atrapa al consumidor en la necesidad de renovar sus aparatos electrónicos, de acumularlos y benerarlos. A veces algunos de ellos los encendemos y todavía no conseguimos adivinar para que sirven.

(1) Andrei tarkovski. Esculpir en el tiempo. Ed. Rialp. 1984. Pag. 66

(2) Creación e inteligencia colectiva.

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