Madrid, Buenos Aires
xoves, 29 de outubro do 2009, por Durán Vázquez.

Ya en varias ocasiones, la red voltaire ha hecho referencia al asunto del 11M español. Pero en esta ocasión quiero llamar la atención sobre este artículo de Mathieu Miquel por lo que tiene de resumen y síntesis global, incluyendo numerosas referencias web y documentos adjuntos. Basta destacar una cita de su introducción: “Nuestro artículo no abordará el tema de los verdaderos autores del atentado sino que se limitará a demostrar que la versión oficial es falsa.”

Pues eso:

http://voltairenet.org/article162563.html

Cuando cursé 2º y 3º de bachiller, tuve la suerte de hacerlo bajo la responsabilidad de un profesor de literatura castellana que ponía todo su empeño en enseñarnos precisamente eso, literatura. Y su método docente no ponía el acento en el adjetivo “castellana”. Lo castellano, durante aquel año, no fue tanto un instrumento de instrucción chovinista sino más bien el marco circunstancial que permitía aprender (a quien quisiera) algunas nociones básicas sobre la existencia humana.

Con esta introducción tan sólo pretendo reflejar la credibilidad que para mí merecía aquel profesor cuando, ilustrando por medio de formas contemporáneas de literatura como el cine, los videojuegos o la música popular actual (se supone que para implicar a sus alumnos con el temario de la asignatura), afirmaba nociones que parecían revelarse contra lo que los usos y costumbres nos dicen del mundo. Así es cómo aprendí que el tópico “Basado en hechos reales” no es más que eso, un tópico, una convención literaria que realiza una función específica dentro del código técnico/artístico que es la literatura poética. Dicho más llanamente: cuando una película comienza con ese tópico introductorio, su autor/a no está haciendo nada más que mentir; está haciendo ficción literaria. Incluso si lo narrado se inspira en hechos reales, pero es más, incluso si se trata de una escrupulosa reconstrucción documental, la introducción que reza “Basado en hechos reales” no deja de ser un truco de literato (truco muy manido, por cierto, desde el Siglo de Oro gracias a la revolución que fue El Lazarillo de Tormes).

Si analizamos la cantidad de tiempo que cada uno de nosotros y nosotras está expuesto a la literatura poética (y para esto no tenemos que echar mano de estadísticas oficiales sobre medios de comunicación, sino que basta con poner en marcha un cronómetro cada vez que nos sentemos ante el televisor), veremos que nuestra vida, o al menos la conciencia que tenemos de nuestra sociedad (que al fin y al cabo es lo que configura nuestra cotidianidad y por tanto nuestra vida), es ficción, una pura esquizofrenia consensuada.

Con la nula formación docente que yo tengo, no sería muy honesto que intentase explicar porqué hoy día vivimos una realidad ficticia. Me limitaré a recomendar la obra de quienes han escrito e investigado sobre estos asuntos. Por ejemplo, a Noam Chomsky, disidente intelectual norteamericano al que, a pesar de ello, se considera como el más importante intelectual vivo (lo cual tampoco es garantía de nada, pero reconozco que cada vez que leo un artículo suyo encuentro más honestidad y espíritu crítico que en 12 meses de prensa escrita); por ejemplo, a Paulo Freire, pedagogo que ha aportado en sus libros más enseñanzas para el fin de la explotación que toda la palabrería vende-patrias de los socialismos europeos; o por ejemplo, al propio Joseph Göebbels, líder del partido nazi en Berlín, ministro de propaganda de Adolf Hitler y, actualmente, aunque ya fallecido, abanderado y principal teórico de las modernas ciencias de la comunicación... Pregúntenle si no a cualquier persona que conozcan que estudie empresariales o publicidad, por poner dos ejemplos.

El caso es que en las últimas décadas han surgido multitud de investigaciones y discursos creativos que llaman la atención sobre el hecho de que el mapa no es el territorio; los hechos objetivos no son lo mismo que la representación más o menos fidedigna que hagamos de ellos; lo que la videocámara recoge no es lo que sucede; e incluso lo que nuestros sentidos captan in situ no es más que una versión de la realidad objetiva (aquello que está fuera del sujeto sintiente). Cito a José Antonio Marina: [...]"nuestra retina reacciona a longitudes de onda que van de 0,738 micras a 0,318 micras. Teniendo en cuenta que el espectro electromagnético se extiende desde los 0,0001 angstroms de los rayos cósmicos hasta los 100 Km. de longitud de onda de la radiotelegrafía transcontinental, nuestros ojos nacen dotados de una prodigiosa especialización. La franja de luz visible de la que va a surgir nuestro coloreado mundo es minúscula en comparación con la enormidad de otros repertorios energéticos. Nacemos preparados para ignorar casi todo lo que ocurre en el universo. Sin esa drástica especialización [...], conseguir encontrar lo visible sería como buscar una aguja en un pajar."[...]

Así pues, tenemos, a mi modo de ver, dos alternativas: bien perdernos en elucubraciones filosóficas sobre el sentido de lo real, o bien atenernos a los hechos cotidianos. La primera opción suele ser pervertida por el idealismo burgués a través de la propaganda, fomentando y promoviendo un falso dualismo filosófico, sectario, para que la discusión llegue al punto muerto que son las posiciones encontradas, supuestamente irreconciliables, y sin solución de continuidad: bien la renuncia de la vida social que es el escepticismo (que llevado al extremo deriva en solipsismo), o bien el utilitarismo de los pragmáticos (cuyas versiones extremas son el fascismo y el individualismo burgués).

La segunda opción (atenernos a los hechos cotidianos) supone el realizar una crítica de la sociedad, que implica, a su vez, el esfuerzo de una autocrítica. Así, es un hecho cotidiano que todos vemos girar el Sol entorno a la tierra en que vivimos. Críticamente, sin embargo, podemos llegar a conocer que nuestra tierra es un astro que gira en torno al astro Sol. De aquí se deriva otro hecho cotidiano, que es que nadie se atreve hoy día a dudar en público de la teoría heliocéntrica referida al sistema solar (y muy pocos la cuestionan en privado). Es más, la mayoría de la gente se toma a risa el hecho de considerar La Tierra como un mundo plano delimitado por insondables abismos que caen a la nada. Sin embargo, sabemos que hubo un tiempo en que el hecho cotidiano era lo contrario: la mayoría de la gente consideraba La Tierra plana (no en vano todo el mundo camina con su cuerpo erguido, y no torcido con respecto al cielo o cabeza abajo) y que era el Sol el que giraba entorno a ella (no en vano puede verse claramente cómo se va desplazando a lo largo del firmamento). Pero sucedió que, durante años y siglos, algunas personas argumentaron extrañas explicaciones y aportaron datos para sostener esas explicaciones. Y así hemos llegamos a la situación actual en que todos somos educados en el “dogma” de que La Tierra gira en torno al Sol. Y digo “dogma” (así, entre comillas) porque nadie duda de esto, pero no son tantas las personas que de veras conocen el porqué. Así que simplemente hay que saber que nunca se debe dudar en público que es La Tierra la que gira alrededor del Sol y no lo contrario.

La cosa se pone un poco más peliaguda si hablamos sobre la Teoría de la Evolución de las Especies. Ya no tanta gente tiene claro “el dogma” (huelga decir que esto se debe a una falta de formación cultural). Y así, tenemos el hecho cotidiano de que, de igual modo que con antelación a Darwin (e incluso hoy día) se daba credibilidad a la teoría Creacionista, actualmente se abre camino la teoría de la Panespermia dirigida, es decir, la teoría de que el origen de la vida terrícola se encuentra en organismos que fueron deliberadamente transmitidos a nuestro planeta por seres inteligentes extraterrestres (que además crearon a los humanos a su imagen y semejanza, a partir de manipulación genética).

También hay gente que parece no tener del todo claro que los animales no piensan, que no tienen conciencia de sí mismos.

Igualmente, existe mucha gente que, aún en contra de las evidencias, duda de la Teoría de la Tectónica de placas. Es más, hay gente que incluso desconoce dicha teoría.

Por no mencionar la madre de todas las falacias manipuladoras: la existencia de dios.

Ante tal nivel de estupidez general, no es de extrañar que los medios de prensa puedan vender cualquier clase de basura como noticia y/o información veraz. ¿Cómo podrían ser las instituciones de una sociedad fiables, si la propia cultura tiene la alienación del individuo como principio fundamental? Y es que debemos dejar las cosas claras: la razón, la capacidad de análisis crítico, es lo que nos da la medida de la así llamada realidad. Y en esto poco importa si la realidad existe o no, si es cognoscible o incognoscible, si es física o metafísica... Lo que importa es la validez formal y el rigor crítico con el que lleguemos a conclusiones. Si, por ejemplo, yo argumentase que en efecto veo un claro movimiento del Sol en torno a La Tierra para llegar a la conclusión de que es aquel el que gira en torno a esta, no me asistiría una razón menos válida que la de aquel otro que afirma lo contrario en base a sus propias argumentaciones. Y esto porque la razón es sólo una: la capacidad humana para el conocimiento crítico. Ahora bien, con esto no estoy diciendo que ambos tuviésemos razón en el sentido de que ambos estuviésemos en lo cierto. Cada uno hace uso de su capacidad de raciocinio para llegar a una conclusión pero, en tanto que es la misma capacidad de raciocinio (porque, siendo los dos humanos, tenemos la misma capacidad para razonar, la misma razón) la que nos lleva a conclusiones antagónicas (pues el Sol no puede girar entorno a algo que a su vez gira entorno a él), consecuentemente se infiere que al menos uno de nosotros dos se equivoca, cuando no los dos. En el caso del movimiento heliocéntrico, sabemos con pruebas más que concluyentes que es el planeta La Tierra el que gira entorno a la estrella Sol. No hay discusión posible.

Y ahora viene la parte que me interesa: ¿cómo sabemos la mayoría de nosotros que esto en efecto es así? ¿Por la fe que ponemos en quien nos adoctrina? Por supuesto que no es la fe. Y al mismo tiempo, debo reconocer que soy ampliamente ignorante en cuanto a cuestiones astronómicas, y que la mayor parte de mi vida he acatado sin apenas examen crítico lo que los astrónomos dicen... o peor aún, lo que se dice que dicen los astrónomos. Pero, ¿alguien se atrevería a acusarme de credulidad? ¿Alguien se atrevería a argumentar que la mayoría de nosotros no tenemos autoridad ni criterio suficiente para afirmar como cierto el heliocentrismo del sistema solar? Nadie se atrevería, por supuesto.

Entonces, tengo que pararme a reflexionar sobre qué es eso que hace que yo sepa, más allá de toda duda razonable, que no estoy siendo manipulado. ¿Qué es lo que me da el conocimiento (y convencimiento) de que La Tierra gira en torno al Sol? Respuesta: mi propia experiencia vital. Porque no se trata de que acatemos lo que los estudiosos de un tema nos dicen sobre ese tema, sino que lo juzgamos según nuestra propia capacidad crítica. El conocimiento crítico es una habilidad humana, y en tanto que yo soy humano, poseo esa habilidad. Quien afirma con datos el heliocentrismo tan sólo necesita aludir a mi propia capacidad de raciocinio para convencerme de lo que él ya sabe. Y alude a ella, por supuesto, a través del conocimiento que los datos le aportan. En tanto que esos datos son objetivos, la realidad que nos manifiestan puede ser admirada tanto por el experto como por el lego que atiende a las explicaciones del experto.

Bien es verdad que mucha gente sí acata en lugar de entender (incluso se diría que este es el caso de una amplia mayoría), pero esas son personas que suelen militar en las filas del mito antes que en las filas del logos.

También suele ocurrir que los expertos sirvan a inconfesables intereses económico-políticos de tal modo que tergiversan los datos para llevarnos a los profanos en la materia a conocimientos erróneos. Pero los datos en sí no mienten y la prueba es que esos expertos engañan a sabiendas de que lo hacen. El conocimiento derivado de los datos por medio del raciocinio es el mismo e igual de válido, salvo que en este caso se tergiversan y ocultan con el fin de manipular. Pero la manipulación no puede ser eterna. Tarde o temprano, la masa crítica de conocimientos acumulados por los legos sobre un tema termina por ser suficiente para permitirles admirar la realidad sobre ese tema.

Así, sucede que este ejemplo del heliocentrismo es preclaro porque la cantidad de datos acumulados a lo largo del tiempo hacen imposible que pensemos en un revisionismo de la teoría heliocéntrica. Otras teorías más recientes, como la mencionada Teoría de la Evolución de las Especies, todavía no han madurado tanto como para que nadie se atreva a contradecirla sin miedo al ridículo. Sin embargo, que nadie se confunda: no hay vuelta atrás. La evolución biológica es un hecho. Y otra vez, el mejor modo que tengo de saberlo es referirme a mi propia experiencia racional. Una vez conozco los fundamentos de quienes investigan en ese campo, mi propia capacidad crítica es la que me indica quién miente y quién no. Puedo dudar, en mi ignorancia, entre los criterios divergentes de dos antropólogos evolucionistas, pero no puedo dudar entre el criterio de un antropólogo y el de un místico que afirma el origen extraterrestre de la humanidad.

Y así, del mismo modo que aún hay quien piensa que existe un dios creador que nos ha inspirado el aliento vital... del mismo modo que aún hay quien cree que los animales irracionales tienen conciencia de sí mismos... del mismo modo que aún hay quien considera al ser humano como algo aparte del mundo animal... exactamente del mismo modo, aún hay quien piensa que las sociedades contemporáneas son fruto de un consenso social, de un proceso participativo y de una voluntad colectiva. Cuando lo cierto es (y las pruebas apabullan por su cantidad) que todos marchamos, divididos pero en el mismo barco, por el rumbo de la explotación más indigna. Explotación en la que la mentira, la manipulación y el asesinato están plenamente vigentes, le pese a quien le pese.

Así como quien cree en dios lo hace a sabiendas de que no hay dios, quien defiende el estado de derecho lo hace a sabiendas de que las naciones modernas no son más que una forma de latrocinio sofisticado y gigantesco.

Para rematar lo hasta aquí dicho, me gustaría recomendar la lectura de esta entrevista a Adrian Salbuchi, recientemente publicada por la red voltaire, sobre los atentados de 1992 y 1994 en Buenos Aires:

http://voltairenet.org/article162701.html

Particularmente interesante es el tercio final, donde figura la pregunta:

James Fetzer: Esa es una acusación de gran alcance. ¿Podría explicar el razonamiento que la sustenta?

A lo que Adrian Salbuchi responde con una curiosa metáfora sobre Beethoven y la orquesta.

Recuerdo una cita de Marshal McLuhan que dice:

“Los pequeños secretos necesitan ser protegidos. Los grandes se mantienen en secreto gracias a la incredulidad pública”.

http://comunicacion.idoneos.com/index.php/335169

un abrazo________________

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